El descenso continuado y
progresivo en toda Europa de las huelgas laborales promovidas por los
sindicatos de trabajadores, no es sino un signo de las dificultades del sistema
de RR.LL. de acotar, dentro del terreno laboral, la conciliación de intereses
entre trabajo y capital.
Puede parecer una contradicción,
pero es todo lo contrario. Las dificultades reales (que no legales, que
también) para convocar una huelga por los sindicatos, y para apoyarla por parte
de los trabajadores, muestra cómo el conflicto laboral, auténtico centro
cardinal del conflicto global entre capital y trabajo, tiende a desaparecer de
la escena. De la escena laboral, no de la política.
La domesticación de los grandes
sindicatos, su reducida afiliación y su aún menor predicamento entre los
trabajadores, la ineficacia de su actuación en la consecución de mejoras reales
para los mismos (más allá de mejoras puntuales rápidamente sobrepasadas por la
regresiva legislación laboral y la política cotidiana reactiva de los
diferentes gobiernos), hace aparecer la huelga entre los trabajadores como una
herramienta inadecuada a los fines u objetivos perseguidos, toda vez que es más
posible sufrir las consecuencias negativas de secundarla (sanciones internas,
falta de promoción, despido inclusive) que obtener potenciales mejoras
colectivas de aplicación tanto a quienes la sigan como a los que no lo hagan, e
incluso que se vean anuladas dichas mejoras por la vía legislativa, o más
directamente por la vía ejecutiva de la práctica política.
Ante las dificultades y, sobre
todo, la inadecuación a los fines perseguidos, el conflicto se solventa en
otras instancias. Desde luego, la parte empresarial (esa que representa a las
transnacionales y grandes empresas) lo hace mediante el sometimiento de los
representantes políticos, y más concretamente de los miembros de los gobiernos
nacionales, a sus intereses concretos como actores económicos. El interés
general ha mudado para convertirse en el interés del mercado, y quién mejor que
la gran patronal (y sus lobbys) para decidir cuál es el interés del mercado. Ya
se sabe, si no se sigue, las consecuencias son paro, desigualdad, precariedad,
miseria. Y si se sigue también.
Los trabajadores, por tanto,
también buscan solventar sus graves problemas laborales, pero al igual que la
gran patronal, por vías ajenas al conflicto laboral estricto.
Una forma pacífica y que incluso
cuenta con el beneplácito de gobiernos y patronales es la participación en
organizaciones que no cuestionen la columna vertebral del sistema. Me refiero a
asociaciones de consumidores, de comercio justo, de defensa de intereses
concreto o particulares de determinados colectivos. No es que se de su agrado,
pero entienden que tiene que haber una vía de escape dentro de cauces
controlables.
La vía que fomentan manifiesta y descaradamente
es la del escape, mediante la individualización de los problemas generales, la
asunción de responsabilidades por parte de las víctimas de sus prácticas e, incluso,
la desaforada manifestación de rechazo a través de espectáculos de masas o
televisivos, banalidades que no ponen en cuestión, sino al contrario, su
necesidad de aumentos de control de la sociedad.
Pero una parte de los
trabajadores, una parte de quienes no tienen trabajo, una parte de los hijos de
estos, optan por expresiones marginales y de gran repercusión mediática: las
manifestaciones reivindicativas, los boicots y sabotajes a productos/servicios,
las concentraciones, las pintadas o destrucción de mobiliario urbano…en suma,
los “disturbios” o los “altercados” públicos.
Seguramente, son las herramientas
más fáciles y accesibles para la expresión del rechazo a un estado de cosas que
sólo les confiere el papel de instrumento desechable del sistema global. Pero difícilmente
puede transcender ese sistema, menos aún alterarlo. Le causa daños, pero están
acostumbrados a ellos.
Otras personas, las menos,
piensan, debaten, comparten, organizan grupos y propuestas de modificación (casi
nadie ya plantea la subversión del orden establecido) de un sistema que margina
a una gran parte de la población, para el que somos, en gran medida, meras
máquinas biológicas de obtención y maximización de beneficios. Frente a ellas, cualquier mecanismo (legal o
ilegal) es válido para despreciarlas o, peor aún, anularlas (política o físicamente,
llevado al extremo).
Y si para ello es preciso recuperar
fórmulas de contención que impidan a esos subversivos generar apoyos, se
recuperan. Aunque sean tan detestables como el fascismo que en los años ’30 recorrió
Europa, y durante la primera mitad de los ’40 la destruyó. De nuevo, piensan
que pueden controlar a su propio monstruo. De nuevo, pueden equivocarse.


