miércoles, 25 de mayo de 2016

EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS

El descenso continuado y progresivo en toda Europa de las huelgas laborales promovidas por los sindicatos de trabajadores, no es sino un signo de las dificultades del sistema de RR.LL. de acotar, dentro del terreno laboral, la conciliación de intereses entre trabajo y capital.



Puede parecer una contradicción, pero es todo lo contrario. Las dificultades reales (que no legales, que también) para convocar una huelga por los sindicatos, y para apoyarla por parte de los trabajadores, muestra cómo el conflicto laboral, auténtico centro cardinal del conflicto global entre capital y trabajo, tiende a desaparecer de la escena. De la escena laboral, no de la política.

La domesticación de los grandes sindicatos, su reducida afiliación y su aún menor predicamento entre los trabajadores, la ineficacia de su actuación en la consecución de mejoras reales para los mismos (más allá de mejoras puntuales rápidamente sobrepasadas por la regresiva legislación laboral y la política cotidiana reactiva de los diferentes gobiernos), hace aparecer la huelga entre los trabajadores como una herramienta inadecuada a los fines u objetivos perseguidos, toda vez que es más posible sufrir las consecuencias negativas de secundarla (sanciones internas, falta de promoción, despido inclusive) que obtener potenciales mejoras colectivas de aplicación tanto a quienes la sigan como a los que no lo hagan, e incluso que se vean anuladas dichas mejoras por la vía legislativa, o más directamente por la vía ejecutiva de la práctica política.

Ante las dificultades y, sobre todo, la inadecuación a los fines perseguidos, el conflicto se solventa en otras instancias. Desde luego, la parte empresarial (esa que representa a las transnacionales y grandes empresas) lo hace mediante el sometimiento de los representantes políticos, y más concretamente de los miembros de los gobiernos nacionales, a sus intereses concretos como actores económicos. El interés general ha mudado para convertirse en el interés del mercado, y quién mejor que la gran patronal (y sus lobbys) para decidir cuál es el interés del mercado. Ya se sabe, si no se sigue, las consecuencias son paro, desigualdad, precariedad, miseria. Y si se sigue también.

Los trabajadores, por tanto, también buscan solventar sus graves problemas laborales, pero al igual que la gran patronal, por vías ajenas al conflicto laboral estricto.

Una forma pacífica y que incluso cuenta con el beneplácito de gobiernos y patronales es la participación en organizaciones que no cuestionen la columna vertebral del sistema. Me refiero a asociaciones de consumidores, de comercio justo, de defensa de intereses concreto o particulares de determinados colectivos. No es que se de su agrado, pero entienden que tiene que haber una vía de escape dentro de cauces controlables.

La vía que fomentan manifiesta y descaradamente es la del escape, mediante la individualización de los problemas generales, la asunción de responsabilidades por parte de las víctimas de sus prácticas e, incluso, la desaforada manifestación de rechazo a través de espectáculos de masas o televisivos, banalidades que no ponen en cuestión, sino al contrario, su necesidad de aumentos de control de la sociedad.

Pero una parte de los trabajadores, una parte de quienes no tienen trabajo, una parte de los hijos de estos, optan por expresiones marginales y de gran repercusión mediática: las manifestaciones reivindicativas, los boicots y sabotajes a productos/servicios, las concentraciones, las pintadas o destrucción de mobiliario urbano…en suma, los “disturbios” o los “altercados” públicos.


Seguramente, son las herramientas más fáciles y accesibles para la expresión del rechazo a un estado de cosas que sólo les confiere el papel de instrumento desechable del sistema global. Pero difícilmente puede transcender ese sistema, menos aún alterarlo. Le causa daños, pero están acostumbrados a ellos.

Otras personas, las menos, piensan, debaten, comparten, organizan grupos y propuestas de modificación (casi nadie ya plantea la subversión del orden establecido) de un sistema que margina a una gran parte de la población, para el que somos, en gran medida, meras máquinas biológicas de obtención y maximización de beneficios.  Frente a ellas, cualquier mecanismo (legal o ilegal) es válido para despreciarlas o, peor aún, anularlas (política o físicamente, llevado al extremo).


Y si para ello es preciso recuperar fórmulas de contención que impidan a esos subversivos generar apoyos, se recuperan. Aunque sean tan detestables como el fascismo que en los años ’30 recorrió Europa, y durante la primera mitad de los ’40 la destruyó. De nuevo, piensan que pueden controlar a su propio monstruo. De nuevo, pueden equivocarse. 

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